Vivían en tiempos difíciles, eso le había escuchado decir a su padre mientras hablaba con un señor de sombrero y barba peinada. El dinero escaseaba cada vez más, era tarde no había solución.
Regresaron a la humilde casita donde les esperaba su madre con el rostro cansado, la estufa prendida con olor a café y nada más.
Tomo el café y la porción de pan, dio gracias y se retiro a la cama que la aguardaba en la esquina de la habitación. Junto a ella, una ventanita dejaba pasar la luz nocturna de la luna que la saludaba hermosa y serena.
Esa noche se escucharon gritos y portazos, su madre se marchaba estaba esperando el hijo de alguien mas y su padre enfurecido azotaba las pocas cosas que tenían trataba de impedirlo, pero de nuevo era tarde, no había solución.
Sentada en la cama, la niña vio entrar a su madre llorando; se acerco, le regalo un beso y la cubrió con el trapo que le servía como abrigo diciendo que regresaría por ella, la miro a los ojos y le dio su bendición para después marcharse.
Nunca mas regresaría, lo sabía ella y lo sabia la niña que sin decir nada volvió a acostarse.
La luna seguía asomada por la ventana, cuando el silencio envolvió la choza. Los grillos no cantaban y el viento no arrullaba las ramas de los arboles vecinos.
La niña seguía dormida, cuando un estruendo se hizo presente.
Un disparo, una caída, y después los grillos cantando.
Los ojos de la pequeña se habían despertado, estaban abiertos como platos enormes y blancos, su cuerpo estático no se movió, escucho los grillos, la arrullaba el viento.
Adivinando la muerte del viejo, mirando la luna continuo durmiendo.
(Nunca mas despertó)
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